En Navidad, cuando los ojos se alzan hacia el cielo, ante los niños aparece un trineo y suenan los cascabeles de Diado Koleda (Santa Claus), mientras los renos de cuernos retorcidos recorren el cielo oscuro. Pero sucede a veces que con la prisa el buen anciano olvida a algún niño, y entonces acuden benefactores en su ayuda y dejan regalos para ellos bajo el árbol de Navidad.
Y este año alrededor de mil hijos de presos esperarán la visita de Diado Koleda en la noche santa. Para que reciban un regalo de parte de sus padres presos, el programa “Confraternidad Carcelaria” de “PF Bulgaria: comunidad de justicia conciliadora” recoge donativos de personas compasivas. Esto proporciona una indescriptible alegría a los niños y ayuda a preservar el sagrado vínculo entre padres e hijos que no tenemos derecho a destruir. Los hijos de los presos no deben ser castigados, pero sufren incluso más que sus padres, afirma el padre Nikolai Gueorguíev, presidente de la organización. Con pesar declara que el corazón de los niños suele estar lleno de temor, ira y hostilidad debido a las malas palabras que escuchan para sus padres.
La sociedad no tiene derecho a castigar a los hijos de los presos, dice categórico el padre Nikolai. El preso de hoy es nuestro vecino de mañana, y sus hijos están entre nosotros. Y si no tienen un padre que les eduque en la justicia, ¿por qué no hacerlo nosotros? Es suficiente con echarles una mano sin malicia, para que estos niños inocentes puedan ser el puente que sus padres crucen como ex delincuentes y sean un buen ejemplo para ellos. Pero cuando se sienten despreciados y señalados, van por el camino de sus padres.
Pero en prisión no pueden cuidar de los suyos. En 25 centros de detención hay solamente cuatro sacerdotes. El Estado sólo se ocupa de forma teórica del cambio espiritual de los presos.
El Estado tiene dos métodos principales para reprimir a los delincuentes: privación de libertad y reeducación, explica el padre Nikolai. Por desgracia, en Bulgaria se decantan por el primero, por eso las cárceles parecen más almacenes de personas que centros de reeducación. La propia privación de libertad sin cambio parece una venganza, declara el sacerdote. El Estado no debe vengarse, su papel debería ser, como un hermano mayor en el proceso de maduración de la sociedad, precisamente la reeducación. Aislar a los criminales es sólo una parte de lo que hay que hacer para que esa sociedad pueda vivir tranquila, pero la otra, igual de importante, es que esas personas se den cuenta de lo que hicieron y que cuando se reincorporen a la sociedad puedan ser de confianza y competentes en el mercado laboral. Y eso sólo ocurre si tenemos fe.
Por eso mismo los voluntarios les hablan del Evangelio.
El programa “El viaje del preso” tiene como objetivo dar a conocer a los reclusos a un preso como ellos que fue señalado, calumniado, condenado a muerte y ejecutado. Que además, era inocente. Pero él sabe cómo se sienten en los momentos de soledad y el sufrimiento y les ofrece el camino de la salvación, dice el padre Nikolai. Y el camino, en sus palabras, pasa inevitablemente por el arrepentimiento y la reconciliación. Quien lo recorra tendrá la oportunidad de nacer para una nueva vida.
Y ya que estamos esperando la Navidad, ¿con qué milagro navideño soñar, para los pecadores y para los demás, en el inicio del camino hacia el perdón y la tolerancia?
Por supuesto, ¡la reconciliación!, exclama el padre Nikolai. Que el amor de Cristo borre el pecado, y que elimine del corazón de los reclusos el deseo de nuevos delitos. Que ellos entiendan por qué han sido castigados y que puedan llevar su castigo con paciencia. Que la sociedad les dé la mano, que los perdone y que les ofrezca igualdad de condiciones para que de nuevo seamos un todo. La Navidad es posible en prisión, porque el nacimiento de Cristo es en realidad un regalo para la gente mala. Los buenos ya tienen sus regalos.
Versión en español por Marta Ros
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